Shawn Fanning se volvió famoso al comienzo de este siglo al afrontar una batalla contra los tribunales gringos, acusado de violación de los derechos de autor de los roqueros, y de los de reproducción de las disqueras. En todos los idiomas se alzaron campañas en la red en su defensa: Fanning había creado un programa gratuito que nos permitía intercambiar música (mp3) entre anónimos, conectando computadores a través del mundo; su programita se llamaba Napster. Pero Napster no podía ganarle al sistema jurídico defensor de las ganancias y Shawn tuvo que cerrar el servicio... pero ya había descubierto que en internet el verbo sharing se conjuba en todos los idiomas a través del peer-to-peer.Lo mejor de aquellas campañas mundiales fue la polémica, fecunda en ideas, sobre de los derechos privados que aprisionan la difusión del conocimiento, y que empujaron espacios públicos como el “Commons”, la Wikipedia, y el gran avance de Linux.
Fue la tecnológía la que comenzó a carcomer lo que se esconden bajo el piadoso término de “Derechos de autor”: Si yo compro un libro, o un disco, nadie puede prohibirme que los preste o lo regale. Y en estos tiempos puedo envíarlo por internet si así quiero. ¡Ah no! El problema, dicen las empresas, es que al enviarlo electrónicamente puedes prestar tu libro tantas veces que mis ventas se caen. (Y también las de los autores, porque aceptaron cobrar por su trabajo de acuerdo a las ventas.)
Fue la tecnológía la que comenzó a carcomer lo que se esconden bajo el piadoso término de “Derechos de autor”: Si yo compro un libro, o un disco, nadie puede prohibirme que los preste o lo regale. Y en estos tiempos puedo envíarlo por internet si así quiero. ¡Ah no! El problema, dicen las empresas, es que al enviarlo electrónicamente puedes prestar tu libro tantas veces que mis ventas se caen. (Y también las de los autores, porque aceptaron cobrar por su trabajo de acuerdo a las ventas.)
El caso es que a la vuelta de diez años del juicio contra Shawn Fanning, los libres programadores le han dado vuelta a los argumentos jurídicos con los nuevos avances tecnológicos. El crecimiento del ancho de banda permite que las pesadísimas películas fluyen como agua a través de los programas de sharing como el Bittorrent, sin hacer escalas servidores intermedios, como antes con Napster.
¿Y qué van a hacer las empresas para detener esta corriente? No importa. Cualquier cosa que hagan preparará las condiciones para un nuevo salto en la libre difusión de las obras. La tecnología y el trabajo de los antimonopolistas nos acercan cada día más a algo que se llama los Bienes Comunes.

