
Sentado en la plaza lee y fuma mientras espera a la clienta habitual. Ella, analfabeta, ocupa el taburete frente a él y le muestra su corazón. Le confía anhelos y amores que él, como intérprete autorizado de sentimientos y propósitos, transcribe por comisión. Son palabras bellas que la remitente se adjudica sin pudor, sin imaginar que el escribano dibuja la frase íntima de un repertorio cursi y machacón (ella tampoco sabe que el librito de poemas es insustituible en la labor). Semanas después regresa la mujer. Le trae la carta de respuesta, que el escribiente --¿quién más?-- le puede descifrar. Y no hay que dudar que del otro lado de la comunicación, en otros portales, se halle otro evangelista que ha respondido con fervor.
Con algo de poeta, y otro poco de tinterillo notarial, el escribano público, o evangelista, durante mucho tiempo fue la única posibilidad de comunicación epistolar. Modesto y silencioso en el mercado popular, el amanuense fue visto como persona de cierta dignidad; y es que había pocos que sabían usar pluma tinta y papel.
Urbano por excelencia el evangelista ha visto trascurrir el tiempo y la mutación social, y por causas ajenas a su voluntad un día compró la pesadísima máquina de escribir, y se plantó afuera de alguna dependencia pública para satisfacer cualquier trámite oficial: Al secretario del abogado le urgía redactar de volada una demanda judicial; y la gente buena tenía que llenar formularios administrativos que no cualquiera podía desmadejar; y es que los burócratas de ventanilla exigían letra clara y datos bien precisos bajo amenaza de regresar a la fila y repetir el trámite una y otra vez...
El evangelista no se dio por vencido e impertérrito esperó leyendo y fumando en su escritorio: y los fotógrafos, los que le hacen al antropólogo, lo retrataron como figura social en extinción porque ya no escribía cartas y poemas a comisión, sino folletos y hojas de publicidad. Los urbanólogos dijeron que la educación pública y la computadora harían desaparecer al escribidor profesional... pero claramente se equivocaron de pe a pa. Ya no se llama "evangelista" pero sigue cumpliendo con su función, y cualquier publicista sabe que debe contratar al copywriter para ofrecer la comunicación escrita, simple y llanamente porque en nuestros días lo más común es el analfabetismo funcional.

